21, marzo 2025
En el mundo de la tecnología aplicada a la minería (mining tech), existen muchas buenas ideas, equipos talentosos y tecnologías prometedoras. Pero lo que pocos advierten es que, antes siquiera de llegar a una faena, las startups enfrentan un desafío mucho más inmediato y brutal: sobrevivir lo suficiente para demostrar que su solución funciona en el mundo real. A este desafío le llamo el primer valle de la muerte.
Este valle no se supera con una buena presentación o con promesas de reducción de costos. Se supera con caja suficiente para resistir el primer año y medio de vida, con foco total en validar la propuesta de valor, y con una estrategia financiera y comercial alineada a la naturaleza única de la industria minera.
Para cualquier startup de minería, el primer objetivo no es escalar, sino sobrevivir hasta conseguir ese primer cliente ancla. Sin ese cliente dispuesto a probar la tecnología en condiciones reales, toda la promesa de impacto queda en papel.
Por ello, asegurar 12 a 18 meses de financiamiento inicial es una condición básica, aunque difícil de lograr. A diferencia de otros sectores, la minería tiene ciclos largos de adopción y pruebas. El proceso de pasar de una «buena idea» a una «solución validada en faena» no ocurre en seis meses.
Durante ese periodo, las startups deben operar en modo «guerra»:
Una pregunta recurrente es: ¿dónde obtener ese primer capital?
La respuesta no suele estar en los grandes fondos de venture capital tradicionales, cuya lógica de inversión está más asociada al hipercrecimiento que al desarrollo paciente de soluciones industriales.
En nuestra experiencia, los mejores aliados en esta etapa temprana son:
Por el contrario, buscar fondos grandes demasiado pronto suele ser un error. Estos inversores, muchas veces, presionan por un crecimiento acelerado que no se ajusta ni a los tiempos de la minería ni a los riesgos reales de implementación.
Uno de los problemas más comunes que observamos en las startups de mining tech es un conocimiento profundo de la tecnología, pero una comprensión limitada de los procesos mineros y de los tomadores de decisiones dentro de una faena.
Reducir costos o mejorar la productividad son buenos argumentos, pero insuficientes si no se entienden los incentivos y temores de quienes realmente operan la mina.
El gerente de planta, el jefe de mantenimiento o el superintendente de operaciones no compran solo una tecnología: compran una solución que debe funcionar en un entorno complejo, donde fallar no es una opción.
Por eso, la capacidad de traducir la tecnología en un caso de negocio claro, alineado a las prioridades del cliente, es lo que finalmente abre la puerta a una prueba real.
Muchas veces, el apoyo de un asesor o socio con experiencia directa en minería puede marcar la diferencia entre quedarse en la etapa de pitch o llegar a la faena.
Alguien que haya estado del otro lado de la mesa, que entienda las dinámicas internas, los procesos y, sobre todo, los miedos de la industria a adoptar soluciones no probadas.
Por eso, no basta con tener una buena idea o un gran equipo técnico: se necesita un puente con la industria, alguien que hable los dos idiomas.
A diferencia de lo que propone el venture capital tradicional, en minería no se trata de crecer primero y validar después. Se trata de validar primero, y crecer sobre bases firmes.
Las startups de mining tech deben resistir la tentación de seguir la narrativa de Silicon Valley y enfocarse en lo que realmente importa: desarrollar una solución que funcione en faena, que sea implementable y que genere impacto real.
En Alza Mining Tech Fund, apostamos por esas empresas que, por las características propias de la industria, no pueden ni deben seguir el modelo tradicional de «hipercrecimiento a toda costa».
Creemos en otro modelo de inversión: uno que combine capital, redes y conocimiento técnico profundo, para acompañar a las startups en este primer valle y más allá.
Australia ya ha demostrado que es posible. ¿Por qué no también desde Chile?
Andrés Rodríguez, Managing Partner en Alza Mining Tech Fund